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Bienvenidos a la caverna

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Bienvenidos a la caverna del mundo. Bienvenidos a la época de los teclados y el desenfreno de la léxica y la gramática. Por favor, coged asiento para la mayor revolución hasta hoy conocida. Somos la llama que dará vida al principio de la mecha que haga que el mundo explote. Somos personajes principales de una sociedad deforme, donde preferimos ver lo que dice un escote antes de sentir lo que dicho pecho esconde. Es tiempo de carnaza y tiburones, tiempo de una balanza medida por billeteras y tarjetas multicolores. Momento de competencia, jefes y plantillas obedientes.

Y, ¿por qué?, porque así lo dicen cuatro mentes que se declaran pensantes. Como anteriormente he dicho: bienvenidos a la caverna. Para los de la LOGSE, eso que decía Platón. Para los de la LOE,  “una movida de una caverna y unos tíos haciendo fuego”. Y para los de la LOMCE, bueno, ya lo sabréis cuando seáis mayores.

En fin, Platón nos dejó uno de los mejores consejos que la humanidad podría recibir, sea cual sea la época. En la famosa caverna había unos hombres, prisioneros de nacimiento, que veían unas sombras proyectadas de otros hombres (libres), objetos y animales. Dichas sombras eran fruto de una llama que producía lo que aquellos hombres (libres) hacían, o aquello que éstos querían hacer ver a los otros (encadenados), con el objetivo de que esa fuese la única y verdadera realidad. Uno de los hombres encadenados consiguió liberarse. Y al volver y contarlo a los demás, que aguardaban presos en el interior de la caverna, fue tachado de loco. Finalmente su desaprobación le obligó a seguir creyendo en la realidad que esas sombras reflejaban.

Pues bien, en la actualidad, no sólo estamos dentro de la caverna, sino que somos partícipes de ella, sin saber que no es más que nuestra cruel condena. Somos individuos pertenecientes a una sociedad interconectada, dónde lo que diga un famoso se convierte en tendencia, pero lo que dice un filósofo no pasa de ser blasfemia.  Somos adictos a todo lo que delante se nos eche. Tenemos la moda como credo y el consumismo como religión. Y no, no hablo de vivir por debajo de nuestras posibilidades, sino de conocer dichas posibilidades y actuar respecto a éstas. Vemos como nuestros intereses no son otros que los hijos de un desliz entre la educación y la publicidad. Una puta locura que vemos como única y verdadera realidad.

Y de pronto, sin control y sin avisar. Llegan a nuestra caverna unas herramientas de comunicación; LAS REDES SOCIALES. Un avance trascendental que al perder el control ha pasado a ser un arma de control masivo.

Control sí. Estas herramientas ejercen un control casi total en nosotros. Les dedicamos, de media, un tanto por cien de nuestra vida que, según el uso, se convierte o no en un tiempo tirado a la basura. Las pantallas nos dictan sentencia y tendencia, nos dicen como pensar, como actuar. Nos instruye en política y en gustos, en amor, en competencia y en todo tipo de odios. Ya no sólo son parte de nosotros, sino que somos nosotros mismos.

Masivo sí. No solo afectan en lo dicho anteriormente. Además de ello se cuelan en el único recoveco de nuestro cuerpo que nos definía como seres humanos. Llegan hasta nuestro corazón y sentimientos, hasta nuestra autoestima, hasta nuestra personalidad. Quiebran amistades y amores que nunca deberían terminar.

Llega el momento en el que necesitamos la aprobación de nuestros queridísimos amigos de las redes sociales. Sin esa aceptación no encontramos la felicidad, no nos sentimos realizados. Esto hace que nuestro ser cambie en su totalidad, que cobren más importancia el número de  “Me gusta” que la sinceridad de los abrazos.

Las relaciones, en todos los sentidos, vetan la magia dándole juego a la falsedad. Tanto los amores como las amistades yacen en el momento en el que muere la privacidad. No digo que esté mal publicar una foto con la pareja o amistad, sino que la felicidad que en dicha publicación se trasmite puede volverse contra uno mismo y vestirse de realidad.

El odio en todos sus ámbitos resurge con éstas magnificas herramientas de comunicación. Nos da el poder, en forma de dígitos, de usar la libertad de expresión como arma sin compasión. Yo siempre he pensado que las palabras podrían con las balas, que el diálogo sería la solución. Pero nunca imaginé que las letras se podrían convertir en tanques cargados de violencia, cuando están en manos de gente sin corazón.

Por ese mal uso del que hablo nace una nueva caverna, otra venda más en nuestros ojos que nos impide vivir la vida en su totalidad. Una obediencia estricta hacia un ser que sabemos que está, pero que nadie conoce. Una pertenencia a una comunidad que cada día crece, una mentalidad de aparentar que, desde los teclados de nuestra vida, hace creer en una única y verdadera realidad.

BIENVENIDOS A LA CAVERNA.