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Queridos Reyes Magos de Oriente

2004
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Este año el planeta se ha portado igual de bien que tiempos atrás. Por ello esperamos que nuestros árboles de navidad amanezcan plagados de regalos. Esperamos que, debido a nuestro ejemplar comportamiento, nuestros caprichos sean sofocados con el último iPhone, con la ropa más cara de las tiendas, con la tele más grande del mundo o con el coche más lujoso del concesionario.

El 2016 es una prueba más de nuestro mérito como seres humanos. Es un argumento más con el que poder engrandecer nuestros corazones, una señal más de la solidaridad y el amor que incondicionalmente regalamos a nuestros iguales.

En este año, nuevamente, unos ilustres hombres con el gatillo fácil, han vuelto a robar la vida y la libertad de unas 1200 personas. Obviamente no estarán satisfechos al saber que otras 1300 únicamente salieron heridas. Estos virtuosos del C-4 han trabajado muy duro para demostrar al mundo que sólo hay un Dios, el suyo. Se han dejado el alma para predicar su religión, para hacer de sus detractores, infieles cuyos nombres acabarán en el muro de las lamentaciones, para hacer de su fe una condición para la posterior salvación.

En este año seguimos batiendo records. Los datos (según la OMS) dicen que una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física o sexual en el mundo. Un dato espectacular que nos brinda la oportunidad de ver al hombre como compasión y a la mujer como función.

Hemos vuelto a declarar guerras por los lugares más vulnerables del planeta. Conflictos que se basan en ideales y no en intereses. Batallas en búsqueda de la paz, soldados que luchan por la libertad.

Se han descubierto unos papeles que dormían complacientes en Panamá. En ellos había unos nombres pertenecientes a gente que no llegaba a final de mes, porque debían pagar el yate, la mansión, las fiestas por todo lo alto, lujos que significaban la única solución para poder salir del paso. Y por ello los juicios nunca acabarán en sentencia, la justicia nunca encerrará a esos pobres que no tienen suficiente para sostener sus ocho viviendas.

La pobreza ha vuelto a aumentar a ritmo de impuestos. Algo de lo que millones de locos se quejan, una cuestión que provoca suicidios, que trae consigo discusiones familiares y roturas matrimoniales. Este aumento causa desahucios, es la ley oculta que otorga el derecho de tener una vivienda digna.

Y  por último hay que destacar la importancia de las superpotencias mundiales por la salud y la educación, es decir, por el futuro. Ha aumentado el incremento del PIB en armamento y defensa. Supongo que es más fácil quitar vidas que formarlas y devolverlas.

Por ello a Sus Majestades, los Reyes Magos de Oriente, les pido que vean más allá de la ironía de mi carta. Que comprendan que lo que parece una historia de terror es, simplemente, la realidad de nuestro día a día. Entonces, comprobarán que hemos llegado al punto de no merecer ni carbón. Hemos perdido el norte, dejando nuestro rumbo en manos de corbatas y trajes elegantes. Hemos dejado que los intereses particulares cobren más relevancia que los generales, hemos dejado nuestro destino en poder de plumas que escriben recto pero en renglones torcidos.

El mundo se ha convertido en un conflicto, en un conflicto donde, con armas o votos, todos los fines son justificables, mientras que los medios son simples daños colaterales. Donde la vida cobra sentido según su cotización. Donde los bancos han pasado de asientos destinados a ver pasar el tiempo, a dueños intrínsecos de nuestras aspiraciones y sueños.

Por todo lo dicho anteriormente, me dirijo a ustedes, Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente. Para decirles que ya es hora de que piensen en su jubilación. El planeta no es merecedor de alegría, ni de solidaridad, ni de amor. El planeta ha sido condenado a la peor de las penas, está destinado a ser devorado por las hienas, a pudrirse entre la codicia de los afortunados y la sangre de los olvidados.

Y con esta cruda realidad, el tiempo pasará. Y volverán las celebraciones, volverán los regalos y los polvorones, volverá la Navidad. Pero me temo que a este ritmo, la sonrisa del planeta lucirá, sí, pero vacía de felicidad.