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Cordà 2026: crónica de la noche que nos define como pueblo

Cerca de 350 tiradores y 70.000 cohetes han convertido de nuevo la calle Mayor en el epicentro de una tradición que cada último domingo de agosto reúne pólvora, responsabilidad y sentimiento de pertenencia.

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Hay noches que figuran en el calendario y otras alrededor de las cuales se organiza todo un año. Para muchos paterneros: la del último domingo de agosto pertenece a las segundas. Paterna llegó este 30 de agosto a una nueva Cordà y, conforme desaparecía la luz del día, la calle Mayor comenzó a prepararse para asumir durante apenas unos minutos el papel que lleva desempeñando generación tras generación: convertirse en el epicentro del fuego de todo un pueblo. La jornada había comenzado muchas horas antes. Cajones de madera, tenazas, ropa de protección y cohetes formaban parte de un paisaje reconocible para quienes viven de cerca la pólvora. Sin embargo el primer gran ritual público de la noche llegó alrededor de las 21:45 horas, en la iglesia de San Pedro Apóstol, con la bendición del fuego a cargo de Juan Antonio Cabanes, párroco de la misma. La llama acompañaría desde entonces los momentos previos a la Cordà. En dicha puerta se reunían los tiradores antes de iniciar el tradicional Pasacalle de Cohetes de Lujo previsto a las 22:00 horas. «Qui no vullga pols, que no vaja a l’era». Esa frase que siempre suena por parte de Cabanes antes de comenzar con el rito del fuego y con el recorrido también se empleó en su discurso frente a una plaza abarrotada de tiradores preparados para el primer acto de la noche.
Con ella comenzó un recorrido en el que los cohetes de lujo fueron abriendo paso a la velada. El disparo de cada uno de ellos avanzó por el centro de Paterna mientras el municipio se agolpaba en los alrededores del recorrido para visionar el espectáculo de pólvora.
Noches como esta te recuerdan que la Cordà dura apenas unos minutos pero comienza mucho antes de que se encienda el primer cohete. A medida que avanzaban las horas el entorno de la calle Mayor cambiaba completamente. Las protecciones instaladas en fachadas, comercios y viviendas convertían una de las principales arterias del casco urbano en un espacio preparado específicamente para soportar la intensidad del disparo. Mientras tanto: comenzaba también el trabajo de los medios de comunicación. Micrófonos, cámaras y equipos técnicos se concentraban alrededor del edificio Pepín Damián frente a una calle Mayor todavía en aparente y relativa calma. Paterna Ahora, como medio de comunicación local, plural e independiente también ejercía su labor con su dispositivo especial para narrar las horas previas y recoger testimonio de alguno de los protagonistas de la noche. Al otro lado de las protecciones continuaban los preparativos donde se abrió el camión precintado con el cargamento explosivo y comenzaba la distribución.
Una tonelada de pólvora había sido preparada para la edición de 2026. Más de 70.000 cohetes, principalmente coetons y femelles, esperaban distribuidos en los tradicionales cajones de madera para ser disparados por alrededor de 350 tiradores y tiradoras. Las cifras permiten dimensionar el espectáculo pero explican solo una parte de lo que ocurre dentro de la calle Mayor. Allí no se trata únicamente de disparar. Cada participante conoce su posición, el material que tiene a su disposición y la responsabilidad que supone encontrarse dentro de un espacio en el que semejante cantidad de pólvora se consume en apenas unos minutos. Por eso, conforme se aproxima la 01:30 horas, la imagen cambia. Los nervios aparecen incluso entre quienes acumulan años de experiencia. Se ajustan guantes, cascos y protecciones. La pólvora se respeta antes de disfrutarla.
La corneta volvió a anunciar que quedaban pocos minutos. Es posiblemente uno de los sonidos menos estridentes de toda la noche y, al mismo tiempo, uno de los que mayor significado tiene para quienes esperan situados al lado de los cajones. Después de horas de preparativos, todo queda reducido a una cuenta atrás. La bengala verde recorrió el tramo y Paterna comenzaba a arder.
A las 01:30 horas, la calle Mayor dejó de parecer una calle durante algo más de veinte minutos. Unos 23 minutos para ser exactos. Los más de 70.000 cohetes, equivalente también a más de una tonelada de pólvora, que estaban preparados para la ocasión, comenzaron a sucederse prácticamente sin descanso mientras el humo ocultaba progresivamente las fachadas y la luz de cada uno de ellos convertía por momentos la madrugada en día. Una tonelada de pólvora concentrada en unos 150 metros de calle.
Los tiradores mantuvieron el ritmo de una tradición que exige coordinación y conocimiento del fuego. Fuera habían miles de personas que siguieron el desarrollo de la Cordà desde los espacios habilitados, las calles próximas, balcones y azoteas.
No es casualidad que la Cordà esté reconocida con tantos galardones. Su singularidad no reside únicamente en la cantidad de pólvora utilizada sino en una forma particular de relacionarse con ella que Paterna ha ido construyendo y transmitiendo durante generaciones.
Después de más de los 23 minutos de luz, prácticamente constante, la calle Mayor recuperó la oscuridad. El ruido dejó paso a los aplausos mientras una nube de humo permanecía suspendida sobre el recorrido.
Es probablemente entonces cuando mejor se entiende la dimensión humana de la Cordà.
Las vallas vuelven a abrirse. Los primeros tiradores abandonan el recinto. Quienes esperaban fuera buscan a familiares y amigos entre monos de piel, cascos y rostros todavía marcados por el humo. Llegan los abrazos. También las lágrimas de emoción de quienes han vivido su primera Cordà o de quienes suman una más. También es motivo de orgullo para quienes han compartido posición con allegados cercanos o la han dedicado a alguien en especial.
Sobre el suelo solo queda pólvora quemada: miles de restos de cohetes cubriendo la calle Mayor y una capa de ceniza ennegrecida que señala exactamente dónde, unos minutos antes, se había concentrado el fuego. Es el mismo lugar en el que se encuentran quienes llevan décadas disparando y quienes empiezan ahora a acercarse a la tradición.
Durante estas mismas fiestas, más de 150 niños y adolescentes participaron en las tiradas querubín, infantil y juvenil celebradas en el cohetódromo. Son actos adaptados a cada edad que funcionan también como escuela para aprender algo que va más allá de encender un cohete: cómo sujetarlo, cómo comportarse ante la pólvora y, fundamentalmente, cómo respetarla. Algunos de esos niños ocuparán dentro de unos años los puestos de la calle Mayor que hoy pertenecen a otras generaciones.
La Cordà de 2026 quedaba para entonces consumida pero ahí no acababa todo. La madrugada todavía guardaba pólvora.
Más tarde de las 03:00 horas, el Parque Central tomó el relevo con la tradicional Recordà donde los tiradores pudieron continuar disparando de manera libre en el Parque Central.
Después de esta jornada podría quedar el olor a pólvora en las calles, los cajones vacíos, los restos de los cohetes y las fotografías de una calle Mayor completamente iluminada por el fuego. Pero quedaba, sobre todo, la certeza de que dentro de doce meses volverá a repetirse el mismo proceso.
Hablar de la Cordà únicamente como un espectáculo pirotécnico resulta insuficiente para explicar lo ocurrido cada último domingo de agosto. Es un acto colectivo construido sobre una responsabilidad que pasa de unas generaciones a otras. Quien entra en la calle Mayor recibe una tradición que existía mucho antes de él y que tendrá que continuar cuando abandone su puesto.
Durante unos minutos el fuego lo ocupa prácticamente todo. Después se apaga, vuelve la oscuridad y los tiradores regresan a casa. El municipio recuperará su aspecto cotidiano en pocas horas. La calle se despeja de pólvora pero nunca se vacía de memoria. La pólvora se consume. Lo que representa: permanece.